Papeles de la Bastilla

Por Josefina Fornieles de Nazar Anchorena


La Revolución Francesa no nació de un tumulto, sino de un idilio” comenta André Maurois en su “Historia de Francia”, si bien esta frase en un principio asombra, muestra una realidad pocas veces contemplada,veamos entonces a que se refiere el gran escritor.


La situación de Francia en ese 1789 era sumamente compleja, los campesinos se quejaban del exceso de los impuestos; los burgueses cada vez más numerosos y activos, carentes de privilegios jurídicos y económicos, reclamaban una constitución y representación en la Asamblea, y ambos soñaban con la supresión de los privilegios y derechos feudales.

 

Buscando satisfacer el reclamo de sus súbditos y como una forma de enfrentar la crisis política, Luis XVI tomó la decisión excepcional de convocar los estados generales, Asamblea compuesta por: diputados representantes de la nobleza, el primer estado; del clero, el segundo estado y de las ciudades y pueblos, el tercer estado.

 

Por regla general, el primer y segundo estado votaban en un mismo sentido, dejando a los representantes del tercer estado sin voz ni voto. Al convocar a los participantes, para la reunión del cinco de mayo de 1789, el Rey decidió duplicar el número de diputados representantes de las ciudades y pueblos, medida muy ponderada por el diputado Maximiliano Robespierre, (1758/1794) abogado, con treinta y un años de edad, escritor, gran orador, seguidor de las ideas de Jean Jacques Rousseau,que refiriéndose a Luis XVI, dijo: es un “hombre providencial”. Luis XVI, eligió Versailles, como lugar de reunión, medida poco prudente pues fue allí donde los representantes del pueblo tomaron contacto con la vida de la corte.

 

Si tenemos en cuenta que uno de los reclamos del tercer estado era la abolición de los privilegios de los nobles, la cercanía de esta forma de vida, fue para ellos motivo de escándalo y humillación. Una vez comenzada la Asamblea, el tercer estado, comprobó que a pesar de la buena voluntad del Rey, nada había cambiado: el obligatorio traje negro para sus representantes y la ubicación de estos en el recinto, contrastaba con las elegantes capas de los prelados y los trajes multicolores de los nobles, acompañados por discursos vagos y tibios que desanimaron a los participantes.

 

Sin embargo, no todo fue negativo pues gracias a la doble representación otorgada por el monarca, el tercer estado invitó a las otras cámaras privilegiadas a reunirse en Asamblea para medir fuerzas y lograr una Carta para Francia, ante esta invitación el Rey respondió que: “pueden discutirse los impuestos, pero no los privilegios” como consecuencia el tercer estado se declaró en Asamblea General. Desde ese momento los sucesos se precipitaron, entre el 23 de junio y el 14 de julio, se produjeron nuevos acontecimientos que alteraban los ánimos y complicaban la situación desencadenando una furia popular, podríamos decir una “dictadura de las masas” que alcanzó su zenit el 14 de julio con la toma de la Bastilla. Debemos decir que en ese momento, este castillo-fortaleza, no cumplía las funciones para las que se la construyó. Ya en 1788, se hablaba de demolerla, su mantenimiento era sumamente oneroso.

 

 De aquella fortaleza transformada en prisión de estado por el Cardenal Richelieu, solo quedaba el mito, un cierto prestigio defendía ese viejo monumento invulnerable donde flameaba la bandera real, símbolo de la arbitrariedad de la monarquía. Para el pueblo sublevado, apoderarse de la bastilla fue fundamentalmente un hito simbólico: con la Bastilla caía la dinastía inviolable, era el final del antiguo régimen.

 

Ese 14 de julio, los revolucionarios tiraron a los patios una gran cantidad de muebles, y papeles que ahí quedaron,… a la intemperie. Para ellos eran objetos sin importancia, no era tan así recordemos que en la Bastilla se encontraba el archivo real o sea que todos esos “papeles” daban testimonio del pasado francés. Los primeros que se acercaron a ellos, aparte de los curiosos, fueron los anticuarios conocedores del valor de todo lo que albergaba la prisión, asimismo los buscadores de autógrafos quienes se apoderaron de mucha documentación. Para evitar la especulación, las nuevas autoridades organizaron guardias de milicianos, que no resultaron eficientes, diremos mas bien que “fue peor el remedio que la enfermedad”, pues estos hombres, ignorando el valor de esos documentos bebían y comían utilizando las pilas de papeles para apoyar las bebidas y en más de una ocasión como una suerte de asiento.

 

Así fue que el 16 de julio, Jean Dussaulx (1728-1799) hombre de letras, político adherente a las ideas de la revolución, junto a tres comisarios mas decidieron llevar toda la documentación que se encontraba tirada en los patios de la prisión tomada, al archivo y deposito de documentos públicos que se encontraba en la abadía de St. Germain dès Pres. El día 19 de julio, el bibliotecario de la ciudad, Hubert Pascal Ameilhon (1730-1811), seguidor de los principios de la revolución, aduciendo que “los papeles obtenidos por el pueblo son de este”, reclamó a la Comuna, el envío de toda la documentación para archivarlos en la biblioteca de la ciudad, es decir en el Hotel de Ville, edificio que fue tomado por el pueblo el 13 de julio, y considerado el símbolo de las libertades parisinas, mientras que la Bastilla era la “citadelle” de la realeza.

 

Todo el proceso de traslado de los papeles a la nueva sede, se demoró y el pillaje continuó, los papeles siguieron rodando por los patios. Años más tarde con esa documentación robada, se publicaron algunos libros entre ellos “Memorias de la Bastilla”, aunque los papeles originales utilizados en estas publicaciones nunca aparecieron. Para tratar de recuperar algo de todo ese material, se solicitó a los ciudadanos que devolvieran lo que habían robado, la convocatoria tuvo un cierto éxito, era una época donde el criterio de la honestidad prevalecía.

 

Un personaje clave en esta historia es nuestro ya conocido Hubert Ameilhon, un verdadero erudito, estudioso de la historia antigua de Francia, que fue designado Conservador de la Biblioteca del Arsenal, a través de ese cargo, se ocupó de recuperar documentos históricos, escondiéndolos en los depósitos a los que el accedía con toda libertad. Así, los papeles de la Bastilla pasaron del Hotel de Ville a la Biblioteca que Ameilhon dirigía, logrando preservar de la destrucción, o al menos de la diseminación una cantidad de volúmenes y manuscritos confiscados durante la Revolución, toda esta documentación fue archivada, clasificada y guardada, casi escondida en la Biblioteca, que durante más de treinta años, se ignoró de la existencia de ese material.

 

En 1840, un joven empleado, de esta institución, descubrió de forma casual toda esa documentación que pasó a llamarse los “papeles de la bastilla”, un verdadero tesoro. El clasificarlos y ordenarlos llevó unos 20 años, allí estaban los archivos de la policía de la ciudad de Paris entre 1659 y 1774, listos para que estudiosos de ese periodo de la historia, investigaran y luego publicaran libros y artículos que llegaron hasta nuestros días.

 

En 1866/ 1870, François Ravaisson, conservador de la Biblioteca del Arsenal publicó bajo el titulo “Archives de la Bastille” (1659-1661), una serie de documentos inéditos que comprenden el reino de Luis XIV, seguiremos entonces a este autor que, en la Introducción del Tomo I realiza una magistral descripción de la prisión durante ese periodo. Los otros cuatro tomos detallan las penas, los alegatos y la libertad de los que por allí pasaron, poniendo énfasis en los casos de envenenamiento, que por ese entonces estaban a la orden del día y preocupaban mucho a la corona.

 

LOS COMIENZOS

 Haciendo un rápido repaso del origen de la Bastilla, nos encontramos que durante la edad media, las fortificaciones de las ciudades se llamaban Bastillones, (origen de la palabra Bastión), cuando el Bastillon defendía una puerta, toma el femenino y pasa a llamarse Bastille.

 

En un primer momento la Bastilla Parisima, era un simple y pobre fortín construido para defender el acceso oriental de la ciudad de Paris. Durante el reinado de Carlos V de Francia, el sabio, (1338-1380) se construyó una muralla cuyas aberturas consistían en puertas flanqueadas por dos torres y puente levadizo, es decir, una pequeña fortaleza.

 

Con el tiempo se construyeron cuatro nuevas torres, que transformaron el simple fortín de los comienzos, siendo básicamente la misma estructura: las torres unidas por un muro de diez pies de ancho, en su base una fosa de veinticinco pies de profundidad, cuyo fondo estaba revestido en piedra y en lo alto del muro, un camino de ronda. Los trabajos finales se realizaron en 1380. Años más tarde se agregaron otras cuatro torres más, completando así ocho torres, que se distinguían unas de otras por su nombre y se diferenciaban por su interior.

 

Así la torre del Tesoro y la de la Capilla tenían en su interior solamente dos pisos; la del Pozo y la Libertad eran de siete pisos, las llamadas la Bertaudière, la Basinière, la del Coin y de la Comté contaban con cinco pisos cada una. Este castillo – fortaleza se transformó en una pequeña ciudad en el límite de la capital, era en ese momento la más poderosa “Citadelle” a nivel mundial.

 

Su interior contaba con varios patios menores y un gran patio central rodeado por una construcción importante y de estilo, que albergaba al estado mayor, con el gobernador a la cabeza. Era este el responsable de la seguridad y como tal ostentaba un poder absoluto, los ministros le trasmitían directamente las ordenes del rey, el cargo fue cubierto por personajes distinguidos, tales como el duque de Guisa y Sully.

 

Luego Mazarin y Luis XIV designaron a M. Besman, un gentilhombre oriundo de la Gascoña, capitán de la guardia del Cardenal, hombre astuto, inteligente y fiel. En ese edificio se alojaba también el lugarteniente del rey, mano derecha del gobernador, quien se ocupaba de la correcta marcha de la prisión en el día a día. Los comisarios, como así también un mayor, un médico, y un cirujano vivían en ese edificio.

 

Luis XIV, utilizó la Bastilla como prisión para miembros de la clase alta, aristócratas a los que se les llamaba “prisioneros de calidad”. Asimismo se alojaban allí los cien hombres que conformaban la guarnición: en parte inválidos y soldados suizos, al igual que los conductores de coches, cocineros, domésticos.

 

Los cuartos sean cuales fueran no tenían mobiliario, el rey solo se comprometía a alimentar a los prisioneros, proveyéndolos de cubiertos para que pudieran comer dignamente. Por otra parte estos podían amoblar sus cuartos, encargando los muebles, o pagando un alquiler por estos, o bien podían solicitar a sus familiares o amigos les enviaran lo necesario para amoblar la celda.

 

Había entonces en torno a la Bastilla todo un comercio de carpinteros, y artesanos que se ocupaban de proveer lo necesario para que las celdas fueran algo confortables. Gracias a la importante clientela los artesanos se enriquecían rápidamente. Esto fue así hasta 1709, año en que se prohibieron estas decoraciones y mudanzas, el rey creó un fondo especial para comprar los muebles necesarios, para cinco o seis habitaciones, dormitorios amoblados compuestos de: una cama completa, dos sillas y una mesa.

 

En 1783, se amoblaron dieciocho celdas mas. Entre los “prisioneros de calidad” tenemos que mencionar a Luis II de Borbon-Condé, (1643-1675) quien gracias a su brillante carrera militar, se convirtió en el ídolo de la juventud noble de Francia. El gran Condé, príncipe de sangre, intervino contra las revueltas de la Fronda con una posición muy ambigua, pues defendió a la corona, pero se enfrentó con el Primer Ministro de Estado el Cardenal Mazarino, lo que le valió la prisión para él y sus hermanos; la Bastilla los alojó durante tres meses.

 

La celda que albergó al Gran Condé tenía forma octogonal, una gran chimenea, una ventana chica con rejas, por donde entraba la luz y a la que se llegaba después de tres escalones, tenía también un pequeño cuarto anexo para higienizarse, y un ropero donde guardaban la ropa limpia que se le proveía a diario. El 7 de febrero de 1650, ante el ataque de la Fronda, Mazarino huyó de Paris pero antes liberó a los Condé.

 

EL SISTEMA CARCELARIO

Los prisioneros no sufrían una soledad absoluta, los oficiales podían visitarlos, los carceleros que limpiaban las celdas podían interactuar con ellos al igual de quienes tres veces al día les servían la comida. Existían en la prisión, diferentes sectores teniendo en cuenta el tipo de delitos, los espías, se albergaban en el sector destinado a estos, los ladrones en el sector de los ladrones, los hombres separados de las mujeres para evitar intrigas amorosas, aunque era inevitable que se comunicaran entre ellos golpeando el techo de la celda.

 

En 1702, el escritor francés, René Auguste Constantin Renneville, acusado de ser espía holandés fue secuestrado y encerrado en la Bastilla durante diez años. Nacido en la ciudad de Caen en 1650, la vida de este intelectual merece un alto en el relato. Renneville sirvió en el cuerpo de los mosqueteros y en 1699, se convirtió a la Religión Reformada, buscando la libertad de culto se traslado a Holanda junto con toda su familia.

 

Tiempo después, Chavillart, ministro de Luis XIV, le ofreció una interesante suma de dinero invitándolo a volver a Francia. Apenas instalado en Paris, sus enemigos lo denunciaron como presunto espía, acusación que lo llevo a la Bastilla. Después de diez años en 1715, pasó a Inglaterra donde escribió su obra titulada: “La inquisición Francesa” o “Historia de la Bastilla” que cuenta con detalle el día a día en esa prisión. La obra tuvo tanta repercusión que en 1724 la reeditó con un suplemento, y es gracias a Auguste Renneville que se conoce con exactitud la vida en ese castillo-prisión.

 

Nos relata el autor, que los prisioneros tenían una cierta libertad, pues nunca se les pedía cuenta de lo que hacían en la jornada. Durante épocas de guerra, los habitantes de la Bastilla eran en gran parte espías lo que implicaba ocuparse de que no se enteraran quienes estaban en su celdas vecinas, evitando todo contacto entre ellos. Los que permanecían más tiempo allí conocían miles de formas ingeniosas de comunicarse con los demás, eran muy hábiles para escapar de la tutela de la guardia.

 

Dentro de la celda, sabían escalar las paredes de las chimeneas, agarrados de las rejas de separación, hablaban fuerte y conversaban con el prisionero de arriba. También se pasaban mensajes de un piso a otro a través del tubo de las chimeneas, eran pequeños mensajitos, donde se contaban las historias de cada uno. Un pedazo de tela o un pedazo de yeso servía de papel, a falta de tinta usaban su sangre. Los espías alemanes utilizaban el tenedor para escribir en la base de los platos del peltre, con letras minúsculas de manera que la vajilla era la misma para todos, las historias personales pasaban de celda en celda.

 

Cuando se descubrió este truco, el gobernador decidió que cada juego de platos tenía sus dueños y no podía circular como correspondencia clandestina. A veces se descartaba un pedazo de parquet del piso y debajo de este se escribía un mensaje, si la suerte hacia que esta celda fuera ocupada por un prisionero liberado antes que el escritor, al salir llevaba noticias a la familia de este. Los techos eran de yeso y se rehacían de tanto en tanto para evitar que se convirtieran en una vía de acceso entre un piso y otro.

 

Algunos prisioneros utilizaban métodos más simples, como el tirar una piedra por la ventana con mensajes atados, este sistema no era seguro, no todos llegaban a destino pues caían en la fosa de agua que rodeaba la prisión.

 

Las ya mencionadas torres, contaban con treinta y siete celdas a las que debemos agregar otras cinco en las paredes que unían las torres, haciendo un total de cuarenta y dos celdas. Debajo de cada torre había una celda de punición para los presos más recalcitrantes, allí se los llevaba por un tiempo corto, se les bajaba su cama y a la noche se les proveía de una vela.

 

ALIMENTACION

En la Bastilla la comida era sana y abundante, los menús que elegía el gobernador eran envidiados por más de un burgués. El menú diario consistía en una sopa, a la que le seguía una entrada, primer plato y postre, con cada cena se entregaban al prisionero dos botellas de vino borgoña o champagne, y en más de una ocasión se agregaba una tercera botella para “las necesidades del día”, en los días festivos, el rey enviaba algunas botellas de más, era bien visto que los prisioneros se emborracharan un poco.

 

Constantin de Renneville, detenido en su calidad de espía, tratado como un hombre de segunda categoría, o sea sin importancia alguna, cuenta que en una ocasión recibió seis botellas extras, nuestro prisionero, se jactaba, de “haber bebido el vino de Luis XIV a la salud del Príncipe de Orange”, con quien compartía ideales políticos y religiosos. Generalmente los prisioneros no llegaban a comer todo el menú, era entonces el carcelero quien daba cuenta de él durante el trayecto de la celda a la cocina.

 

Lo mismo ocurría con el vino, los prisioneros tenían la posibilidad de guardar las botellas no consumidas en una pequeña bodega organizada en un rincón de cada celda. Renneville explica que el Gobernador de la prisión tenía la obligación de alimentar bien a los prisioneros para mantenerlos en buen estado de salud.

 

Jean-François Marmontel, (1723-1799), poeta y filosofo, discípulo de Voltaire, importante figura de la Ilustración, estuvo prisionero en la Bastilla desde el 28 de diciembre de 1759, hasta el 17 de enero de 1760, no pudo dejar de alabar los menús de sus cenas, los poetas no estaban acostumbrados a comer con abundancia. Llegó un momento en que frente a la sofisticación y abundancia de las comidas, los prisioneros propusieron al gobernador simplificar las mismas y compartir con ellos la diferencia de dinero que resultaba, entre lo que se gastaba y la cuota que pagaba el rey por este rubro.

 

Así se hizo y cuando el castigo duraba varios años la suma ahorrada era considerable, más de un prisionero entró pobre y miserable y al término de su condena se encontraba más rico de lo que se hubiera imaginado. Solo en casos extremos y cuando la Corte lo indicaba, se ponía al prisionero a “pan y agua”.

 

Este régimen de comida fue respetado a través del tiempo, salvo en el periodo 1709 – 1710 año en que la crisis hizo estragos, fue el año en que se “congeló europa”. El 6 de enero de 1709, desde Escandinavia hasta el norte de Italia, y desde Rusia hasta la costa oeste de Francia, todo se convirtió en hielo.

 

El mar se congeló, los lagos y los ríos se helaron, y el suelo se congeló hasta un metro de profundidad los árboles estallaron, fueron tres meses de frio letal. Las consecuencias fueron la hambruna, los disturbios, al helarse los campos no había cosechas o sea trigo para hacer pan, en Versailles se comía pan de centeno y los campesinos hierbas y raíces. El gobernador de la Bastilla, M. de Bernaville, tomo medidas adecuadas para que los prisioneros se adaptaran a la crisis, cuenta Renneville, que el furor y las quejas de los prisioneros, llegaron hasta los ministros quienes ordenaron al Gobernador dar marcha atrás con la medida.

 

Como queda dicho, el rey pagaba la alimentación y los prisioneros que tenían posibilidades entregaban a los carceleros un dinero creando una cuenta corriente para comprar tabaco, vinos finos y gastos extras, como la alimentación de los perros y gatos y pájaros de su propiedad. Solo estaban prohibidas las palomas mensajeras, por razones de seguridad. Asimismo el gobernador ofrecía a los más pobres, una pipa de tabaco diaria, especialmente a los alemanes y a los militares prisioneros que fumaban mucho a pesar de las quejas de los demás compañeros.

 

LOS ENFERMOS

Cuando un prisionero se enfermaba, lo atendía el médico de la prisión si se trataba de un caso de gravedad, llamaban al médico del rey, si la enfermedad no tenía remedio, se llamaba a un sacerdote, generalmente un jesuita, y después del deceso los carceleros se encargaban de darles sepultura durante la noche para no asustar al resto de los compañeros.

 

LA CULTURA

Los prisioneros podían comprar y leer libros, estaban prohibidos los temas políticos y de filosofía Volteriana, la biblioteca llego a ser tan importante que en 1783 un prisionero se encargaba de catalogarla. Por otra parte entre estos había algunos escritores a quienes se les daba la posibilidad de escribir ajustándose a las reglas vigentes en la fortaleza: al comienzo del día se les distribuían folios, pluma y tinta, las hojas se entregaban una a una y a la noche el escritor las devolvía al carcelero, así hasta terminar su obra. Algunas eran poesías, o bien memorias, novelas que una vez terminadas quedaban en custodia, y el autor las recibía al terminar la condena. Las obras que eran contrarias a las leyes, no se devolvían al autor y quedaban archivadas en la prisión.

 

Había también otras distracciones, como el pasear por los patios durante el día, o bien jugar a diferentes juegos, como las quillas o el billar. Para el año 1783, entre los treinta de prisioneros que allí vivían, se encontraban algunos militares, además de hijos de familias burguesas o pertenecientes a la nobleza, que estaban allí por corrección de comportamiento. Los que tenían condena más severas, pues se trataba de crímenes graves o dudosos, en los que había que buscar cómplices, la situación se complicaba, se los seguía muy de cerca para evitar que tuvieran contacto con los otros y si bien se los autorizaba a caminar por los patios, nunca se los dejaba solos.

 

En los “Archivos de la Bastilla” encontramos un caso interesante para comentar, se trata del del Conde de Pagano, ingresado en la Bastilla en el año 1652, acusado de brujería pues se jactaba de tener poderes mágicos para matar al rey. A través de cartas enviadas en noviembre de 1661, el 14 de julio de 1664, 31 de agosto de 1665, 31 de octubre de 1665 y 28 de noviembre de 1665 al Ministro de Luis XIV, Jean Baptiste Colbert solicitándole la libertad nos enteramos de la verdadera situación de un prisionero abandonado a su suerte.

 

En la primera de ellas, explica que después de nueve años en prisión Mazarino le acordó la libertad poniendo como condición que una vez libre fijara su residencia fuera de la frontera francesa, lo que significaba ser tratado como un criminal ordinario. Pagano se negó a ser liberado en esas condiciones, pues era una forma de aceptar su crimen y manchar a su familia. En la segunda carta, dice que “no puedo dejar el cuarto porque estoy casi desnudo, le ruego indique que me hagan un traje y me den camisas”, las misivas de un mismo tenor se suceden sin respuesta,” “infantum et mundum sicut natura creavit” escribe con amargura.

 

Recien en 1664, Colbert indica: “le faire habiller”. En 1665, el Gobernador de la Bastilla le entregó 400 fr. “para remediar sus miserias”. La anteúltima carta dice que “no puedo pagar el carpintero que quiere sacarme los muebles porque no ha recibido nada en un año. Hace doce años y diez meses, que estoy aquí tengo sesenta y ocho años”, solicita nuevamente la libertad…”estamos en invierno no tengo ni leña ni velas, me acuesto en la oscuridad, me quedaré sin muebles y tendré que dormir en el suelo, estoy sin ropa, tenga ud. piedad de mi”.

 

La ultima de las cartas dice ”estoy enfermo, le ruego alivie mi sufrimiento, un día me encontraran muerto de frio pues apenas estoy vestido después de trece años y doce días, le ruego solicite al rey mi señor que me otorgue la libertad”… El conde Pagano, no tiene orden de salida, sus cartas se interrumpieron, seguramente fue enterrado por los carceleros en medio de la noche.

 

Si bien la Bastilla fue nombrada prisión estatal en 1417, es durante el reinado de Luis XIV que se la utiliza como prisión para miembros de la clase alta francesa que se opusieran al rey. Durante todo su reinado el “rey sol” firmaba las “lettres de cachet” es decir cartas con su sello, refrendadas por el primer ministro, Mazarino, condenando o liberando a quien lo contrariaba, esgrimiera ideas diferentes en materia política o religiosa, o que fueran sospechosos de conspiraciones contra la corona.

 

El seguía personalmente todo cuanto ocurría en la Bastilla. Los “Archivos de la Bastilla” encontramos las órdenes de arresto (lettres de cachet) por espionaje, falsificaciones, estafas contra el estado, investigaciones sobre “intrigas protestantes” o previniendo algún posible delito. Por esa prisión pasaron, Voltaire, Fouquet, Pelisson y muchos más personalidades de su tiempo. Sabemos que por lo general la pena duraba tres años, y que algunos prisioneros fallecían antes de ser liberados.

 

El siglo de Luis XIV fue el Gran Siglo, porque el rey era Grande en sí mismo, tenía modos perfectos, una natural majestad, su reino significó el apogeo de la monarquía francesa. Con el tiempo se volvió egoísta y déspota “el estado soy yo”. Sin embargo su siglo fue de oro en literatura, teatro, obras de arte, Voltaire dijo de él….” A pesar de todo lo que se diga contra Luis XIV, su nombre será pronunciado con respeto, unido a un siglo eternamente memorable”. Entonces como se explica el lugar que tuvo la Bastilla durante su reino?

 

Es el mismo François Ravaisson quien explica el rol de esta prisión en la política de este gran rey: "La Bastilla fue para Luis XIV un instrumento de poder, de un poder reparador, que buscaba poner orden, mejorar la sociedad. Junto a los dos maestros en el arte de reinar, Richelieu y Mazarino logró derribar los obstáculos que se presentaban para realizar la política interior. La Bastilla era para el rey, una reserva, una precaución, la obra escondida del poder".

Haga click aquí para descargar el archivo PDF